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CUENTO SUDAMERICANO

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El siguiente relato del escritor español José Ángel Pizarro y registrado en propiedad intelectual, está inspirado en la narrativa sudaméricana del boom literario de los años sesenta, pretende ser un homenaje a todos esos autores que con su realismo mágico nos cautivaron, en especial a García Márquez.

SE ROMPIÓ EL TRATO

Mi casa se convirtió en una tumba, el médico me dijo está usted muy enfermo y yo desfallecí. No sé el tiempo que estuve sintiendo tronar mi cuerpo vencido.
Elegí un oscuro atavío para mi enfermedad, desempolvé una reliquia de mis antepasados que existía en un lugar oculto de un baúl y me disfracé para la muerte.
Sabía que estando en casa moriría, cuando se tiene una enfermedad desconocida que evoluciona misteriosamente uno puede convertirse sin miedo en un viejo maniático, periodistillos de revistas de ciencia sin demasiada vocación habían escrito tonterías sobre mí que me habían procurado una fama que hubiera debido desdeñar; pero cuando un hombre se encuentra al final del camino la vanidad aparece como una forma halagadora de hallar la permanencia, una manera extravagante de perdurar. Los medios de comunicación se interesaron, entre otras cosas, en conocer las voces que hacían vibrar mi cuerpo dentro de mí y que me obligaban a chillar en idiomas ignotos o a cantar con una voz maravillosa que nunca tuve ni de niño. Algunas revistas esotéricas me habían convertido en la prueba viviente de la existencia de un dios arcano para mí desconocido, una secta estrafalaria me había tomado por la reencarnación de su gurú asesinado en misteriosas circunstancias y debatieron conmigo en un programa de televisión en el que una voz salió de mi interior propiciando la llegada del nuevo gobierno por encontrarnos entonces en pleno proceso electoral. Cercana mi muerte el país se encontraba pendiente de mí y yo sin embargo no tenía ni un solo familiar vivo a quién legar mi herencia, como hijo de inmigrantes cubanos prematuramente envejecidos por otra extraña enfermedad jamás recibí en la España que me acogió la visita de nadie de mi sangre. Mi carácter seco, religioso y adusto me había dado pocos amigos y muchos disgustos, jamás me casé y creo que hice bien con ello, de las mujeres que había amado no me quedaba ni el recuerdo. Tuve un oficio digno de cualquier persona con una inteligencia perfectamente subnormal y encuadernando libros fui feliz encajando sus cajas y labrando sus lomos, me di a la lectura pues nunca tuve oído que me permitiera disfrutar de ninguna música y contemplar cualquier imagen más de un minuto me daba vértigo así que no sólo la televisión y el cine me daban náuseas, también viajar y visitar exposiciones de pintura. Creo que mi incultura hubiera sido proverbial de no haberme escapado en las lecturas de muchos libros del medievo que con tanto mimo reparaba para archivos y bibliotecas nacionales y que ahora comprendo como mi única compañía en la vida. Esperando la vejez prematura que destruyó a mis padres no me di cuenta de que hasta bien entrado en la cincuentena mi rostro fue el de un muchacho de cara rosa y que mi cuerpo atlético me hubiese procurado ventajas sensuales de las que nunca disfruté. Si había decidido huir de mi casa con una guayabera para fiestas digna de los mejores museos textiles era porque no quería morir en mi cama en albornoz esperando que el hedor de mi cuerpo alertara a los vecinos de que los bomberos tendrían que echar abajo la puerta del edificio. Viajé sin equipaje con la intención de vencer mis prejuicios y una vez dentro del avión disfruté de la primera película de mi vida, me resultó obsceno asistir al espectáculo de la vida y problemas de desconocidos, sentía mucha vergüenza ajena por eso pero como el resto del pasaje parecía disfrutar con lo que estaba viendo no quise desentonar y me limité a sonreír a intervalos como si fuese el anfitrión de una fiesta. Cuando llegamos a las Maldivas me alegré de haber vendido mis pertenencias y haber cambiado ese dinero y mis ahorros en dólares, pues los lugareños aceptaban sin chistar los billetitos verdes a cambio de abundante y exótica comida. Por unas horas logré ser muy feliz pero cuando llegó la noche y mi cuerpo comenzó a tronar con las voces de dentro me sentí muy deprimido y alquilé una cabaña junto a las olas construida casi en el agua, como no disponía de corriente eléctrica pasé la noche oyendo mis gritos iluminado por la luna creyendo que no llegaría a ver la luz del nuevo día, pero cuando, exhausto y hambriento, amanecí desnudo sobre la playa sin recordar cómo habría llegado allí, comprendí que la vida empezaba para mí de nuevo. Me sumergí en el mar sintiendo el agua caliente y salada y entré por la ventana de la choza turística temiendo que alguien hubiera robado mi dinero pero me equivoqué, mi cinturón con fondo de cremallera se encontraba repleto y alguien me había traído una cesta con fruta de la que di buena cuenta. Mi cuerpo funcionaba como un reloj suizo y el clima fabuloso de aquellas latitudes me devolvieron a la curiosidad de la infancia, lavé mi guayabera en el bidé y oliendo a limpio me dirigí hacia el mercadillo del pueblo con una sonrisa descomunal de oreja a oreja.
En mi camino vi atracado en el rudimentario puente de balsas de madera un biplano hidroavión de hélice de color amarillo y contuve mi irrefrenable deseo de viajar. A decir verdad ni siquiera sabía con certeza en que isla de las Maldivas me encontraba ni cuántas podría visitar, no me importaba. Recordé que de niño me contaron que Dios le había dado a los hombres el paraíso y el placer de pasar al más allá sin el penoso tránsito de la muerte, luego se rompió el trato. Asistí asombrado a mi transformación mental por un momento en el que un pájaro de ojos duros y brillante plumaje verdinegro emitió un chillido cautivador sobrevolando mi cabeza, después todo se diluyó en el azul del cielo como un bello espejismo.
No sé cómo lo supe pero acababa de morirme.




 

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Enviado por jose imaginacion 07-04-2010.    

 

 





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